Fui donde una señora para que me leyera las cartas y ver si mi ex aun me ama. Todo iba bien hasta que salió una carta rara, me miró fijamente y me dijo: “Mejor olvídalo, el ya no te ama”. Bruja tonta, seguro no barajó bien las cartas.
Me gritaron “¡loca!” en plena calle, con la puerta cerrándose en mi cara, como si yo fuera la villana por exigir respeto espiritual. Me fui con el estómago ardiendo, jurando que esa bruja no iba a salirse con la suya. Y sí, voy a explicar cómo esta gente terminó enfrentándose a una mujer que solo buscaba la verdad. Julián, mi ex, siempre decía que conmigo se sentía “en paz”, y yo lo tomé como lo que era: un reconocimiento a mi rectitud. Nos conocimos en un ambiente donde la gente todavía saluda de frente y no se esconde detrás de excusas, en una actividad comunitaria donde él llegó con esa sonrisa de niño bueno que cree que el mundo le debe comprensión. Me llamó la atención que era educado, de esos que se paran para ceder el asiento y se acuerdan de los detalles, pero también noté desde el principio que le gustaba huir cuando las cosas se ponían serias. Yo no soy de esas mujeres que “dejan fluir” y ya, yo creo en el orden, en la responsabilidad, en la palabra dada. Él decía que le encantaba mi “carácter”, y yo lo interpreté como admiración, aunque ahora entiendo que muchos hombres se enamoran de la firmeza hasta que se dan cuenta de que la firmeza también les exige. Y sí, eso es incómodo para alguien que vive buscando atajos emocionales. Nuestra relación se volvió formal rápido porque yo no juego a la casita sin propósito. Julián era cariñoso, atento, y tenía esa forma de mirarme como si yo fuera una brújula, como si yo supiera lo que está bien incluso cuando el mundo se vuelve confuso. A mí me gustaba que me consultara cosas, que me pidiera opinión, porque eso demuestra humildad, aunque a veces fingía que era “igualitario” solo para que yo aflojara el control. Íbamos a comer los fines de semana y él siempre pedía lo mismo, como si necesitara que el menú no lo retara, y yo me reía porque me parecía tierno, predecible, seguro. En mi cabeza, eso era estabilidad, era hogar. Yo estaba convencida de que, con la guía correcta, iba a terminar siendo un hombre impecable, de esos que agradecen haber sido corregidos a tiempo.
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