Historia ficticia ambientada en la Inglaterra del siglo XIX.
Ambrose Fielding, Conde de Alderwick, era conocido en todo Londres por tres cosas: su inmensa fortuna, su frialdad calculada y su total indiferencia por la esposa que había desposado cinco años atrás. Él no la odiaba. Eso habría requerido algún tipo de emoción. Él simplemente… no la veía.
Amelia Thornbridge — ahora Condesa de Alderwick — había aprendido esto de la manera más dolorosa posible.
Aquella noche de mayo de mil ochocientos cuarenta y siete, el salón de baile de la familia Whitmore brillaba bajo cientos de velas de cristal. La élite londinense se movía en olas de seda y risas calculadas, cada gesto medido, cada palabra ensayada con la precisión de quienes sabían que cualquier error podía convertirse en el escándalo de la temporada. Los músicos tocaban una melodía suave desde el balcón superior, y el aroma de rosas frescas se mezclaba con el perfume caro de las damas.
Amelia estaba allí, como siempre estaba: sola en medio de la multitud, vestida con un traje azul oscuro demasiado discreto para una condesa de su título, pero demasiado apropiado para alguien que jamás era notada. La tela era de buena calidad, pero sin los bordados elaborados que lucían las demás mujeres. Su collar era simple, una sola perla que había pertenecido a su madre. Ella había aprendido, con el tiempo, que no tenía sentido esforzarse en llamar la atención cuando nadie miraba en su dirección.
Observaba a su marido del otro lado del salón. Ambrose conversaba con Lord Ashford, su risa baja y controlada resonando ocasionalmente entre los acordes de la orquesta. Él usaba su traje negro impecable, el pañuelo de bolsillo perfectamente ajustado, los cabellos oscuros peinados hacia atrás con elegancia austera. Todo en él era preciso. Fríamente perfecto. Sus movimientos eran económicos, cada gesto tenía un propósito. No había desperdicio en Ambrose Fielding, ni en sus palabras ni en sus afectos.
Y no había mirado hacia ella una sola vez.
Amelia apretó los dedos sobre la copa de champaña. No era la primera vez. Tampoco sería la última. Pero algo aquella noche parecía pesar más. Quizás porque era el aniversario de cinco años desde que él la había llevado al altar con la misma expresión que se usa al firmar un documento comercial. Recordaba cada detalle de aquel día: la iglesia fría, los invitados que murmuraban sobre la conveniencia del matrimonio, la mano de Ambrose sosteniéndola brevemente durante los votos y luego soltándola tan pronto como fue apropiado.
La ceremonia había durado menos de media hora. La noche de bodas había sido aún más breve y desprovista de cualquier emoción. Desde entonces, Ambrose había cumplido con su deber exactamente tres veces más, visitas nocturnas espaciadas con meses de diferencia, ejecutadas con la misma eficiencia clínica con la que manejaba sus negocios. No había habido herederos. Y después del tercer intento, él había dejado de visitarla por completo.
Amelia bebió un sorbo de champaña, sintiendo el líquido amargo deslizarse por su garganta. Se preguntó, no por primera vez, si Ambrose alguna vez pensaba en ella cuando no estaba obligado a hacerlo. Si acaso recordaba su nombre cuando firmaba documentos en su oficina. Si alguna vez había sentido siquiera un atisbo de culpa por la vida a la que la había condenado.
— Condesa Alderwick.
La voz grave y suave la sobresaltó. Amelia se dio vuelta y encontró los ojos claros de un hombre alto, elegante, de cabellos dorados y sonrisa peligrosamente encantadora. Reconoció a Lord Sebastian Hargrave inmediatamente. Era conocido en los círculos sociales como un hombre de fortuna considerable, aunque había rumores sobre su origen — algo sobre una herencia disputada y una madre francesa de linaje cuestionable. Pero su encanto personal y su riqueza habían silenciado la mayoría de las lenguas venenosas de la alta sociedad.
Él hizo una reverencia breve, pero su mirada permaneció fija en ella. No era el tipo de mirada que Amelia estaba acostumbrada a recibir. No era vacía. No era educada por obligación. Era… atenta. Como si realmente la estuviera viendo, como si ella fuera algo más que un mueble decorativo en el fondo del salón...
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