El salón principal del Gran Hotel Aurora estaba vestido de acero y cristal. Columnas espejadas devolvían las luces en haces blancos que parecían bisturíes, y en el centro, una pantalla LED de doce metros proyectaba la insignia de la empresa de mi familia: ALCÁZAR SECURE —tres palabras en mayúsculas, un escudo minimalista, y la promesa de invulnerabilidad que habíamos vendido durante dos décadas. El olor de café tostado, de moqueta nueva y de cables calientes se mezclaba con el perfume de los invitados. Ejecutivos de bancos, aseguradoras, dos periodistas de tecnología, y un puñado de asesores con trajes azules se acomodaban en sillas plegables negras. El murmullo sonaba como un enjambre contenido. Antes de continuar, ¿desde dónde nos estás siguiendo? Y si esta historia te llega, asegúrate de estar suscrito, porque tengo muchas historias mas preparadas.
Yo estaba a un costado del escenario, con el micrófono de diadema ajustado y el cabello recogido en un moño bajo. Vestía un sastre marfil que me sentaba impecable. Había diseñado así mi imagen deliberadamente: profesional, precisa, inquebrantable. Sabía que algunos de mis propios primos en el consejo me llamaban, por la espalda, “la Barbie hacker”, como si la estética invalidara los años de madrugada auditando logs, afinando reglas SIEM y persiguiendo amenazas persistentes en redes demasiado costosas para fallar. Ellos nunca habían olido un servidor recién abierto, nunca habían sentido el cansancio eléctrico de un pentest a las cuatro de la mañana. Yo sí. Y ese día, en nuestra Cumbre Anual de Riesgo, estaba lista para demostrarlo.
A las 19:04, el maestro de ceremonias anunció el inicio. La música de apertura, una línea de sintetizador sobria, corrió por el techo. Vi a mi madre en primera fila, joyas discretas, peinado perfecto, asentir con una sonrisa ensayada. A su lado, mi hermano mayor, Diego Alcázar, CEO desde hacía tres años, movía los dedos sobre su teléfono sin levantar la vista. Diego tenía esa seguridad fría de quienes confunden herencia con talento. Y sin embargo, yo lo conocía mejor que nadie: la mandíbula apretada y el microtics en la comisura de su ojo izquierdo delataban que algo no estaba bajo su control.
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My Family Called Me 'Pretend Hacker Barbie' And Threw Me Out—When Their Security Business Collapsed…
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