/ @sombraroja-m5s
En mi fiesta de cumpleaños me llamaron solterona frente a todos. Sonreí. Nadie sabía que yo era la multimillonaria que podía comprarles sus vidas completas.
Mi nombre es Jasmine Dubois y, a mis treinta años, la vida me había enseñado una verdad ineludible: a veces, el amor más tóxico no viene de extraños, sino de la sangre que corre por tus venas. Era una ironía cruel, ¿verdad? Crecer en el seno de una familia que, según ellos, lo tenía todo: los Dubois, un apellido sinónimo de éxito en el sector inmobiliario de la ciudad. Mi padre, Henri Dubois, un hombre de negocios impecable, con una sonrisa forzada para los clientes y una mirada fría para sus hijos. Mi madre, Isabelle Dubois, la matriarca elegante, cuyo pasatiempo favorito era organizar eventos sociales y, al parecer, mi vida amorosa. Desde que tengo memoria, mi existencia ha sido una extensión de sus expectativas, un eslabón en la cadena de su "legado perfecto".
El día de mi trigésimo cumpleaños debería haber sido una celebración de mi individualidad, de mis logros, de la mujer que me había esforzado tanto en ser. En cambio, se convirtió en la gota que colmó el vaso, el clímax de años de microagresiones y juicios velados. Mis padres, en su infinita sabiduría y con un descaro que aún me asombra, decidieron que el mejor regalo de cumpleaños para su hija soltera y "tristemente" sin pareja era una "fiesta de lástima". Así la llamaron, sin un ápice de vergüenza. Una "fiesta de lástima" para Jasmine, la hija brillante pero "incompleta" sin un anillo en el dedo.
La invitación, impresa en un papel grueso con una tipografía cursiva que gritaba "elegancia forzada", rezaba: "Únase a nosotros para celebrar los 30 años de nuestra querida Jasmine, mientras la apoyamos en su búsqueda del amor y la felicidad. ¡Quizás encuentre aquí a su príncipe!". La leí con una mueca de incredulidad, el papel temblaba ligeramente en mis manos. Mis ojos ardían. ¿Príncipe? ¿En un evento organizado por ellos, donde la mayoría de los invitados eran socios de negocios o tías chismosas? Era una broma macabra, y yo era el chiste.
La mansión Dubois, un monumento al exceso y al buen gusto superficial, estaba resplandeciente. Candelabros de cristal de Baccarat proyectaban patrones de luz sobre los pisos de mármol pulido. El aire, pesado con el aroma de lirios y la acidez del champán caro, zumbaba con el murmullo de conversaciones triviales. Yo estaba de pie cerca de la entrada, con un vestido de seda color esmeralda que mi madre había "elegido" para mí. Me sentía como una pieza de exhibición, una antigüedad valiosa pero polvorienta, que esperaba ser subastada al mejor postor.
Информация по комментариям в разработке