El día que Escorpio se cansó de ser bueno, el universo contuvo la respiración. Algo antiguo, profundo y sagrado despertó en las entrañas del zodiaco. Las constelaciones se estremecieron y Plutón, su regente, giró su rostro oscuro hacia la Tierra, sabiendo que el cambio era irreversible. Ya no era tiempo de sumisión ni de silencios guardados. Era la hora en que el signo del aguijón, aquel que se ahoga por no herir, rompía su pacto con la docilidad.
Escorpio, signo de agua, pero no cualquier agua: agua profunda, de océano que lo traga todo, de pozo que guarda secretos milenarios. Había sido paciente, leal, protector hasta el extremo. Su amor era absoluto, su entrega total, su sacrificio constante. Había amado desde las sombras, ayudado sin pedir reconocimiento, y perdonado heridas que perforaban el alma. Todo porque su esencia no es frágil ni torpe: es intensa, transformadora, sagrada. Pero aún la lava más poderosa, contenida por demasiado tiempo, explota.
Ese día, el día que Escorpio se cansó de ser bueno, ya no hubo más concesiones. El alma escorpiana, tan acostumbrada a regenerarse en silencio, decidió arder sin apagarse, hablar sin callarse, cortar sin titubear. Porque entender el dolor ajeno no significa seguir tolerándolo. Porque tener visión profunda del alma humana no es excusa para dejarse destruir. Porque mirar el abismo con ternura no obliga a saltar por otros.
Las máscaras cayeron, una por una. No las suyas, sino las de quienes habían abusado de su nobleza, de su entrega, de su silencio que todo lo ve y todo lo espera. Escorpio no gritó. Nunca lo hace. Simplemente encendió su fuego interno, no para iluminar a otros, sino para caminar su propio sendero con orgullo. Dejó de mendigar lo que merecía. Dejó de esperar la redención de los que nunca pensaron redimirse. Se convirtió en su propio renacer.
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