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A la altura del deslinde entre Tías y Yaiza, pasa los días Ángel, 'Lito', Figueroa. Aunque su residencia oficiosa está en San Bartolomé, sus días suelen desfilar en la casa que lo vio nacer, plantada en el volcán de Diama, en el corazón de La Geria antigua. Sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos se dedicaron a la vid igual que él.
M.J. Tabar
[Lunes, 7 de mayo de 2012] [07.00]
En la caldera hay dos nacientes y frente a su finca, una panorámica excepcional de Timanfaya y varios islotes, entre ellos uno que llaman el del Diente de Oro (nombre tomado de la peculiaridad dental de su antiguo propietario). Pían los pájaros y se revuelven los perenquenes en los matos, signo de que pocos productos químicos llevan las parras de la finca, cuya extensión no alcanza a decirnos su propietario.
Hace 50 años, Lito vendía el caldo a granel, y se exportaba a Las Palmas y a Tenerife. Los hombres que se embarcaban eran los principales consumidores. "Bebían vino como si fuera agua, para no tenerle miedo a la mar", dice Lito, que es socarrón pero realista. No hace falta mirar muy atrás para recordar que en Los Conejeros, o en la bodeguita de Luciano Socas, en la plaza de la harinera de Arrecife, se despachaba el vino de la misma forma. Ahora Lito ya no vende la uva. Se la queda para sí. Ocio y conservación del paisaje.
La parra necesita cuidado todo el año. En diciembre, requiere de un buen chubasco que empape la tierra hasta su estrato más hondo. Luego: el acostumbrado sol a fuego lento, y esperar a que al aliento africano no le dé por abrasar las uvas en verano. Febrero se dedica a la poda y al excavado del hoyo. La arena tiene que estar húmeda para formar el agujero. Con las hojas quitadas se hace compost, pero no conviene echarle en demasía a la parra porque puede impermeabilizarla. Y la humedad es sagrada.
En marzo se azufra y se combaten las plagas. Ahora en mayo, las hojas ya están formadas y son de un verde clorofílico que contrasta con la arena negra, como chocaban hace 20 años las letras del MS-Dos con la negrura del monitor. En junio, se despuntan las parras -con precaución, porque si no la uva tinta puede quedarse sin color, y la malvasía sin aroma y se despampanan --se cortan los brotes verdes-.
En agosto toca la faena más gorda: la vendimia, que debe hacerse en el momento preciso; ni antes, ni después. Supone mucho trabajo: la espalda doblada como papel de periódico, amigos y familiares reclutados, el mosto escurriéndose por el cuerpo y noches largas y alborotadas. Y al poco, vuelta a empezar. No hay tregua. Si no es quitar malas hierbas, es levantar muritos caídos, que no tiene ciencia: "Si tienes dos piedras puestas, la otra va al centro".
Eso sí, cosa que se cae, cosa que debe levantarse. "Si no, la finca corre peligro de irse dejando". Como ha ocurrido con otras tantas. "Cada vez más". Porque Lito resume bien los dos tipos de viticultores que sostienen en la actualidad la excelencia de la malvasía insular: "Gente jubilada, y otros que tienen su sueldo y se dedican a la finca los fines de semana con ayuda de su familia". Nadie vive de lo que produce, ni de la labor paisajística que realiza. Se ha de tener otro oficio, o un colchón económico que permita dedicarse a esta labor, dura, pero muy poco recompensada.
Que catástrofes como el Delta dejen calvos los enarenados y destrocen fincas, y las ayudas para solucionar el desaguisado no se paguen hasta cinco años después dice mucho de la importancia que se le da a esta piedra angular del sector.
Lito conoció el campo bruñido y habitado. La casa con cochinos, vacas, cabras y camellos. Cuando el primero en levantarse era el que tenía que sacarle el chorro de leche a la cabra, y guisar el líquido caliente para el desayuno. Luego tocaba caminar hasta la escuela de La Asomada.
De entonces conserva la casa, su querencia por el paisaje y el fuego lento. En una bodeguita, conserva parte de los 10.000 litros de vino que produjo en 2010. A las visitas ofrece también mistela de 30 años: un almíbar espeso, suerte de jarabe para adultos, que está hecho a fuego lento, con paciencia, deshidratando el mosto y caramelizando los azúcares.
Antes el problema era el tiempo que las bodegas tardaban en pagar a los viticultores. Ahora, no. "La cosecha es más recortada y las bodegas pasan necesidad de uva". La uva se paga, pero cada vez hay menos cantidad. Sin formación para la nueva generación, sin rentabilidad económica, sin perspectivas de futuro como oficio, la viticultura está condenada a la extinción. Así piensa Lito, que ama La Geria con locura, y no sabe estar en otro sitio.
"Aquí, ¿saben lo que haría falta?", pregunta Lito muy serio. "Un chubasco de billetes de 500, ¡pero que viniera espeso!".
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