Un humilde trabajador recibió como burla un caballo herido, pero jamás imaginó que ese animal guardaba un secreto capaz de cambiar su destino. Días después, un hallazgo inesperado en el establo dejó a todos sin palabras y desencadenó una serie de eventos que nadie pudo explicar. La verdad reveló una conexión oculta entre el caballo y una fortuna perdida, y el pueblo entero fue testigo de cómo la justicia divina actuó de manera implacable. Lo que parecía una ofensa se convirtió en una lección imborrable.
El sol caía a plomo sobre los corrales de San Ignacio de los Ríos, y el sudor empapaba la camisa de Mateo Ramírez mientras intentaba levantar una viga caída que bloqueaba el camino hacia el establo. Un rebuzno seco lo sobresaltó; uno de los burros de la estancia se había soltado y galopaba descontrolado por el patio, derribando cubos de agua y levantando una nube de polvo que hacía arder los ojos. Mateo resopló, se limpió la frente y corrió tras el animal, esquivando los golpes de la viga y las piedras sueltas.
—¡Quieto, Matías! —gritó, usando el nombre que le había puesto al burro, con la voz cargada de autoridad pero también de cansancio—. ¡No quiero verte lastimado!
El burro, como si entendiera el reproche, frenó de golpe y se quedó quieto, temblando y con los ojos desorbitados. Mateo se inclinó, tocándole el lomo con manos firmes pero suaves, mientras un hilo de risa escapaba de su garganta.
—Tranquilo, amigo. Todo va a estar bien.
Desde la ventana del pequeño rancho, Lucía, su hija de quince años, lo observaba mientras sostenía un cuenco de leche caliente. Sus ojos marrones reflejaban preocupación y orgullo al mismo tiempo. Sin pensarlo, bajó corriendo por la escalinata de piedra y se unió a él.
—Papá, ¿estás seguro de que no te lastimaste? —preguntó, la voz entrecortada por la carrera.
—Estoy bien, Lucía —respondió Mateo, frotándose la muñeca—. Este tipo de cosas pasan todos los días en el campo. Mejor revisemos los corrales antes de que el ganado se descontrole más.
Mientras caminaban hacia los corrales, el aire estaba impregnado del olor a heno húmedo y tierra recién removida, mezclado con el aroma del café que aún se enfriaba en la cocina. Mateo notó cómo Lucía se mantenía a su lado, ligera pero firme, intentando aliviar el peso del trabajo que sabía que le correspondía a él.
—Papá… —dijo ella, bajando la voz—. ¿Nunca te cansas de todo esto? Cuidar de los animales, arreglar las cosas… a veces me da miedo que te falte tiempo para vos mismo.
Mateo suspiró y miró al horizonte donde se dibujaban los cerros lejanos, dorados por el sol. Su mirada se suavizó, y un gesto de sonrisa se dibujó en su rostro.
—A veces sí, Lucía —admitió—. Pero todo esto es nuestra vida. Y mientras estemos juntos, no me importa el cansancio. Además, siempre hay cosas que aprender de cada desafío.
Se acercaron al establo más grande, donde las vacas mugían con impaciencia y los caballos relinchaban al sentir la presencia de Mateo. Mientras abría la puerta, un golpe metálico resonó detrás de ellos. Mateo giró la cabeza justo a tiempo para ver al tractor de Don Ernesto Villalba detenerse frente al portón principal, levantando una nube de polvo rojo.
—¿Qué hace ese hombre aquí? —murmuró Lucía, entre preocupada y curiosa.
Mateo frunció el ceño. Don Ernesto Villalba era conocido en el pueblo no solo por su riqueza, sino por su carácter soberbio y su desdén hacia los trabajadores. Nadie se acercaba a su estancia sin recibir una mirada fría y calculadora. Ahora estaba ahí, frente a ellos, con la chaqueta impecable, sombrero elegante y un leve gesto de superioridad.
—Mateo Ramírez —llamó Don Ernesto desde el tractor—. Ven un momento, que quiero hacerte un regalo.
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