“Me corrieron en Navidad… aunque yo pagaba todo”
—Ya es hora de que te vayas de la casa —me dijo mi mamá mientras cenábamos en Navidad.
—Yo pago la renta, los recibos y hasta la comida —le recordé.
Al día siguiente, sin decir nada, empaqué mis cosas y me fui. Nunca pensé que mi propia familia se volteara contra mí, y menos en Navidad. Pero así pasa cuando la gente se acostumbra a depender de ti: empiezan a creer que les debes algo, y en cuanto dejas de dar, de pronto eres el malo.
Me llamo Albert. Tengo 25 años. Durante años fui el que mantuvo a flote a mi familia, pero nunca me lo agradecieron. De niño no teníamos mucho dinero, pero nos las arreglábamos. Mi papá trabajaba en construcción y mi mamá llevaba contabilidades a medio tiempo. No éramos ricos, pero salíamos adelante.
Todo cambió cuando mi papá se lastimó la espalda hace unos años. Dejó de trabajar, esperando unos pagos por incapacidad que nunca llegaron. Mi mamá empezó a trabajar más horas, pero no alcanzaba. Al principio yo ayudaba porque así es la familia. Cuando conseguí mi primer trabajo a los 18, cooperaba con el súper, la luz, lo que hiciera falta
Con el tiempo, ayudar se convirtió en obligación. El “¿puedes ayudarme?” se volvió “tienes que pagar”. Y pronto terminé pagando casi todo: renta, servicios, comida, hasta los gastos de la escuela de mi hermana menor. Lo peor era que lo veían como algo normal. Mi papá nunca me agradeció, mi mamá actuaba como si fuera mi responsabilidad, y mi hermano mayor, con 28 años y todavía viviendo en la casa, jamás cooperó con nada. Hasta se burlaba de mí por ser “demasiado responsable”.
Yo me repetía que era algo temporal, que cuando a mi papá le aprobaran la incapacidad o mi mamá consiguiera un mejor trabajo, las cosas cambiarían. Pero nunca cambiaron. Y con el tiempo entendí que nunca lo harían.
Aun así, no esperaba lo que pasó en la cena de Navidad. Estábamos todos en la mesa: mis papás, mi hermano, mi hermana Ashley de 18 años y yo. Había pavo, puré de papa, cazuela de ejotes, lo de siempre. No importaba qué tan mal estuvieran las cosas, mamá siempre insistía en una cena navideña decente.
Al principio todo parecía normal. Mi papá bebiendo, mi hermano pegado al celular lanzando comentarios sarcásticos, Ashley revisando redes sociales. Una Navidad más. Pero entre que pasábamos el relleno y mi papá se servía otra copa, el ambiente cambió.
—Ya saben —dijo mi papá recargándose en la silla—, Albert lleva años viviendo aquí de arrimado.
Me quedé congelado, el tenedor a medio camino de mi boca.
—¿Qué?
Mi mamá asintió como si lo hubieran ensayado.
—Ya lo platicamos —dijo—. Tienes 25. Es hora de que te vayas y empieces tu propia vida.
Los miré sin poder creerlo.
—¿Están bromeando?
Mi hermano soltó una risita.
—Güey, ya estás demasiado grande para vivir con tus papás.
Dejé el tenedor en la mesa con cuidado.
—Yo pago para vivir aquí.
Информация по комментариям в разработке