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El luminoso reloj digital del coche de alquiler marcaba la medianoche. Nadie lo diría, pues en esas latitudes, y en esa época del año, la oscuridad que debía cubrir el manto celestial se había ocultado en algún lugar recóndito. A pesar de eso, la serpenteante carretera que nos llevaba de vuelta a Inverness, capital de las impresionantes Higlands escocesas, parecía sacada de una de las tantas postales que habíamos comprado en la cercana isla de Skye (quizá otro día os hable de uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida, precisamente en Skye).
La niebla hizo su aparición desde que salimos de Skye, mientras las brumas se apoderaban, ya no solo del camino, sino también del ánimo de mis compañeros. Conducía yo, algo que, a priori, quitaría el sueño a cualquiera. Pero no era el caso. El cansancio había hecho mella en mis jóvenes compañeros, dejando el camino libre para que Morfeo se los llevara consigo al secreto mundo de los sueños, escondido en lo más profundo de las partes traseras de cualquier vehículo.
Allí estaba yo, perdido Dios sabe dónde, intentando encontrar el camino de regreso a casa con la única compañía que una radio extranjera me brindaba. Y entonces....sonó. Una hermosa melodía invadió el vehículo, transportándome a tiempos pasados con la misma rapidez que el sueño se había apoderado de mis colegas. La música era triste y maravillosa, tan apropiada para ese momento que nadie podría haberla escogido mejor. Sabéis a qué me refiero, ¿verdad? Son esos momentos perfectos que se dan tan raramente en nuestras monótonas vidas, pero que se quedan marcados a fuego en nuestros corazones. Instantes en los que la magia y la belleza se dan la mano y se abren camino a través de las gruesas puertas de la realidad. Soplos de tiempo, perfectos, porque todo en ellos lo es, no sólo la música que te envuelve. Ese lo fue.
Mi inglés es bastante elemental, mis queridos Watsones, pero he de decir que en ese momento preciso agucé el oído cuanto pude con el único objetivo de saber de qué extraña y maravillosa criatura brotaban esos ecos melancólicos y distantes. No os lo vais a creer, pero mis esfuerzos se vieron recompensados con un nombre... con un apellido. Alasdair Fraser. Aún no he recordado el tema que escuché esa noche, más desde entonces, hace ya algunos años, me ha acompañado fielmente en algunos momentos de mi vida, y no necesariamente en los más tristes.
Alguien dijo que la vida es como un violín. La música podrá detenerse ahora, quizá después, pero las cuerdas la recordarán por siempre.
Por cierto, un último apunte. Sirva la presente para inaugurar otra sección del blog. Me vais a disculpar la calidad del video, pero lo he tenido que hacer rápido para colgarlo en Youtube y poder compartirlo. Esta se llamará: Sonidos de mi vida.
Espero que os guste
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