El director de Más de uno ha criticado la posición que ha transmitido la presidenta de la Comisión Europea respecto al conflicto en Irán sin una deliberación previa ni del Consejo ni del Parlamento Europeo.
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Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. El filósofo notó que caminaba con dificultad, como tropezándose todo el tiempo. Detuvo el paso, observó el camino y lo vio llano y sin obstáculos. Reemprendió la marcha y otra vez se tropezaba. Se detuvo de nuevo, miró hacia abajo y lo entendió todo: al caminar se pisaba su larga barba. De modo que reflexionó un instante, agarró el hacha y se cortó los pies. Fin del problema. Nunca más tropezó. Nunca más avanzó. Nunca más importó.
Úrsula Von der Leyen no es filósofa. Estudió arqueología de joven, luego se pasó a la Economía y, al final, se hizo médica. Médica y madre, como Mónica García. Úrsula Von der Leyen tampoco tiene barba, a diferencia del filósofo del cuento.
Lo que sí tiene es opinión sobre la guerra en Irán y ha tenido a bien compartirla con un grupo de embajadores y, de rebote, con todos los ciudadanos europeos. Bien está que todo el mundo diga lo que quiera, empezando por los dirigentes políticos y empezando por los gobernantes que se deben a sus gobernados, incluso aquellos que, como Von der Leyen, no han sido escogidos por ellos sino por otros gobernantes que tienen, a su vez, opiniones diversas.
En resumen, la opinión de Von der Leyen es que esto de andar discutiendo si nos cortamos la barba o nos cortamos los pies si Trump tiene derecho o no lo tiene a bombardear Irán y matar a Jamenei son ganas de desenfocar el debate porque el mundo es el que es y lo importante, aquí, es que el régimen iraní es despreciable y bien golpeado está.
Está muy bien que la presidenta de la comisión proclame que nadie debe derramar una lágrima por Jamenei, lo que pasa es que no consta que ningún gobierno europeo lo haya hecho. Más bien al revés. La dificultad con la que se han encontrado casi todos los gobiernos europeos incluido el nuestro ha sido rechazar que Trump haga de su capa un sayo decidiendo él quién debe gobernar el país y celebrar, a la vez, que un régimen represor se tambalee.
Proclamar como si fuera una heroicidad que los ayatolás son un peligro público y el peor enemigo de su propia población es distorsionar la realidad porque en eso sí están de acuerdo todos los gobernantes que escogieron a Úrsula Von der Leyen. En lo que discrepan es en si cabe justificar cualquier cosa cuando el efecto que tiene nos agrada o incluso habiendo tenido ese efecto hay que criticar la forma en que se ha obtenido.
Von der Leyen fue escogida por los jefes de Estado y de gobierno, pero hoy elude criticar la actuación de Trump en en Irán en abierta discrepancia incluso buscándola con los gobiernos de Francia, de Italia y España, por lo menos. Que no han derramado lágrimas por Jamenei pero sí las derraman por la legalidad internacional violada.
El mundo después del mundo de ayer
Desmarcarse de Sánchez tiene en una parte de la clase política española mejor prensa que desmarcarse de Trump. Basta que Von der Leyen se resista a criticar los misiles israelíes que riegan de escombros Teherán para que aquí sea recibida, en una parte de la prensa, como la estadista infalible que es fuente de autoridad inapelable.
Por si acaso el enésimo pronóstico de esta máquina de predicar que es Donald Trump también fallara: el pronóstico de que esta guerra ya está prácticamente acabada y, por supuesto, ganada. Son los gobernantes nacionales los que han de tomar medidas y retratarse ante sus gobernados. Por supuesto, y aquí, Sánchez. Encantado en su papel de némesis de Trump.
Hay otra historia, por cierto, que tiene como protagonista no a un filósofo sino a un arquero. Era un arquero quería cazar la luna. Noche tras noche lanzaba sus flechas hacia el astro. Los vecinos se burlaban de él, pero mira que eres tonto, cómo vas a alcanzarla con una flecha. Él insistió en el desafío. Insistió cada noche y cada día. Jamás, por supuesto, cazó la luna pero se convirtió en el mejor arquero de la Unión Europea.
Y antes de que Sánchez presuma de lo bien que lanza flechas al aire, ocurrió que un día, ya por pura rutina y acostumbrado a disparar viniera o no a cuento, el arquero vio la flecha alejarse y perderse en el horizonte. Y justo cuando él se dio la vuelta, la flecha apareció de regreso, le golpeó en la espalda y lo derribó en medio del desierto. Desplomado y solo porque a un arquero caído nadie le celebra la audacia.
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