palabra, es una obra viva, es un mover santo, es una ministración que va a tocar lo más profundo de tu ser, y necesito que te quedes, que no te muevas, que no te distraigas, porque al final de esta oración no solo habrá sanidad, sino dirección, no solo habrá alivio, sino una enseñanza que muchos nunca recibieron, un secreto bíblico que sostiene los milagros en el tiempo, una llave espiritual que mantiene viva la sanidad que Dios desata.
Hoy no te hablo como alguien lejano, te hablo como si estuvieras frente a mí, te hablo a ti que has orado tantas veces, a ti que conoces a Dios, a ti que has leído la Palabra, pero que sigues luchando con dolores en el cuerpo, con cansancio en los huesos, con noches largas, con diagnósticos que pesan, con preocupaciones por tu familia, con lágrimas que solo Dios vio, y te digo en el nombre de Jesucristo, Dios no se olvidó de ti, Dios no llegó tarde, Dios no te soltó, Dios está aquí ahora.
La Escritura dice que Él sana a los quebrantados de corazón, y antes de sanar el cuerpo, Dios toca el corazón, porque hay heridas que no se ven, hay dolores que no sangran, hay penas antiguas, hay pérdidas, hay palabras que hirieron, hay miedos que se instalaron, y el Señor hoy empieza por ahí, porque cuando Él sana el corazón, el cuerpo empieza a alinearse con el cielo.
Y dice también que Él venda sus heridas, no las deja abiertas, no las ignora, no las minimiza, Él las toca con sus manos santas, con el poder del Espíritu Santo, con la autoridad del nombre de Jesús, y cada venda divina trae restauración, trae orden, trae vida nueva.
Luego la Palabra nos lleva más alto y nos recuerda quién es el Dios que te está hablando, el que cuenta las estrellas, el que las llama por nombre, el que conoce cada detalle del universo, y si Él conoce cada estrella, cuánto más conoce cada célula de tu cuerpo, cada órgano, cada sistema, cada parte que hoy está debilitada, inflamada, adolorida o enferma.
No estás frente a un Dios pequeño, estás delante del Dios grande, del Dios poderoso, del Dios cuyo entendimiento es infinito, del Dios que no se confunde, que no duda, que no falla, y ese Dios hoy se inclina hacia ti con misericordia y con poder.
Quiero que entiendas algo desde ahora, y este es el primer ancla que debes sostener, la sanidad no es un deseo humano, la sanidad es una promesa divina, Jesucristo no solo perdonó pecados, Él sanó enfermos, Él echó fuera opresiones, Él levantó cuerpos caídos, Él restauró vidas, y lo hizo movido por compasión y por obediencia al Padre.
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