Los cinco kilómetros que separan de la A-5, a este pequeño pueblo de apenas 400 habitantes, lo convierten en un conjunto de casas enjalbegadas, aseadas, coquetas, arracimadas en un punto de la llanura sur cacereña, de soleada tranquilidad, a la vez que le otorgan una privilegiada posición de comunicaciones junto a la autovía que une Lisboa Sevilla Mérida, Madrid y el mundo.
Si vas a Abertura es porque eres uno de esos viajeros curiosos amantes de la calma y la pureza del paisaje y lo has decidido expresamente, pues no es un pueblo de paso, no tiene playa, ni restaurantes con estrellas Michelín, paisajes de montaña o ríos caudalosos, pues los cauces del Búrdalo y el Alcollarín, que cruzan su término, forman ríos modestos.
Desde 1955 hasta hoy, más de mil abertureños se dispersaron por España y el mundo, tal vez huyendo de los rigores del invierno y el trabajo duro en el campo, de la pobreza de la siega a la siembra, dando lugar a esta tranquilidad.
Aquí dejaron, eso sí, entre otras cosas, calma a raudales donde curar nuestros estreses, una iglesia del siglo XV con interesantes detalles grabados en granito, un ara votiva romana documentada por los eruditos, un diseño urbanístico claramente medieval, y una campiña verde, surcada este sábado por mozos con quad. Nada que ver -pongo por caso- con Benidorm, aunque, a estas alturas, vamos siendo de los que gustan más del silencio rural de Extremadura, como el de Abertura, que de aquel ruido fatuo.
Aunque nos sentimos a gusto en esta villa, con la que está cayendo, ni siquiera quisimos pararnos a tomar la cervecita de rigor en alguna terraza.
Tiempo habrá.
Информация по комментариям в разработке