El hijo de mi prima embarazó a su novia a los 18 años, así que le pedí a mi hijo que vive en USA, que le preste su casa, ya que él no la usa. Pero él se negó porque dice que “ni siquiera lo conoce”. ¿No ve que la familia es primero?
La puerta de ese departamento se cerró delante de mí como si yo fuera una extraña. Mi propio hijo me habló desde otro país como si yo fuera una ladrona sin alma. Y aun así, yo estaba de pie, con la frente en alto, porque alguien tenía que hacer lo correcto aunque doliera. Mateo, mi hijo, siempre fue de esos muchachos que creen que la vida es una lista de logros y que el amor se mide por transferencias bancarias. Yo lo crié con fe y con disciplina, pero en cuanto empezó a ganar bien, se le subió la ciudad a la cabeza y la familia se volvió un concepto decorativo, como un cuadro caro en una pared vacía. Se fue a vivir a Chicago por trabajo y por “oportunidades”, y desde allá empezó a hablar como si el mundo fuera una empresa y yo una empleada que debía pedir permisos. A veces lo escucho y siento que estoy frente a un hombre con la voz de mi hijo, pero sin el corazón que yo le formé. Yo no lo digo por maldad, lo digo porque la madre que calla se vuelve cómplice del extravío. Y yo no fui criada para mirar hacia otro lado. Antes de que se fuera, compró un departamento precioso en el centro, de esos que la gente presume en redes, con ventanales enormes y silencio de hotel. Lo compró con esa actitud de “yo puedo”, como si la vida fuera una competencia y él tuviera que ganar el trofeo más brillante. Cuando me mostró las fotos, me habló de inversión, de plusvalía, de que un día lo rentaría “bien”, a “la gente correcta”, como si el techo de una casa fuera una corona que se le pone solo a quien él apruebe. Yo lo felicité, claro, porque una madre celebra, pero por dentro me preocupó esa frialdad. El departamento quedó vacío apenas él se fue, como un altar a la propiedad privada, intacto, impecable, inútil. Y cada vez que pasaba por el edificio, me parecía escuchar el eco de tanta comodidad desperdiciada. Un lugar así, cerrado, mientras la familia camina con los zapatos rotos, es una ofensa. Yo, en cambio, he vivido siempre con los pies en la tierra y la mirada en lo alto. No soy una mujer de lujos, soy una mujer de principios, de esas que saben que el mundo se sostiene por gente que todavía entiende lo que es deber.
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