En este santuario celestial encontrarás un trozo de la cruz de Cristo! La Sierra de Aralar de 1,240 m de altitud máxima-, separa la Comunidad Foral de Navarra y la provincia de Guipúzcoa. La ruta para llegar parte de Pamplona, por la N-240 (carretera de San Sebastián), y nos lleva a Lecumberri (35 km), y 15 km más, a través de una pista forestal, cerca de la localidad de Baraibar, alcanzamos el santuario superior.Aralar proviene de “Ara” (altar), recordando en todo momento que se trata de una montaña sagrada, como lo confirma la infinidad de monumentos megalíticos que hay esparcidos por toda la Sierra. San Miguel de Aralar –o San Miguel in Excelsis es una montaña que, desde tiempos remotos, ha sido una antena de conexión del cielo con los infiernos.En el último tramo (A-34) del célebre Itinerario de Antonino (Anónimo de Rávena), se cita este lugar como “Ara Coeli” (altar celestial), lugar de elevación y de santificación.Los orígenes de este santuario se remontan al año 714, por eremitas mozárabes que huían de la invasión musulmana, siendo el referente, una pequeña capilla rectangular. En torno a este pequeño oratorio, se levantaron otras construcciones, que serían destruidas por orden de Abderramán III, en una aceifa del año 924, la cual, milagrosamente, respetó la primitiva capilla. La reconstrucción, según la tradición, la llevó a cabo una mujer muy pobre de la zona, ayudada por ángeles celestiales y la diosa Maru, la dama maestra y constructora. Los muros más antiguos datan del año 1074; y la consagración del templo románico tuvo lugar dos años más tarde. El arcángel San Miguel supo guiar a Satanás hacia los espacios más profundos y oscuros de la tierra; por ello, en el siglo XI era de suma urgencia ponerse bajo la protección de este santo alado, pesador de almas, para garantizar la resurrección de los justos; y ese enclave no podía ser otro que Aralar, lugar más celestial que terrenal, que fue morada de muertos.A mediados del siglo XII, los templarios, dado el sincretismo de este santo, no dudaron en elegir a San Miguel Arcángel, como el protector celestial de este enclave, en cuya cima (Artxueta, a 1.343 m de altitud) se alza la iglesia de San Miguel in Excelsis, y su figura se venera como si fuese extrahumana. Y fue en el interior de ese modesto oratorio, donde se instaló la imagen del ángel portador de una cruz, para guardar en un relicario una parte de la madera de ciprés de la cruz de Cristo (Lignum Crucis). Pero, para asegurar su custodia, los templarios sembraron centenares de fresnos por toda la ladera de la montaña, protegiendo con este emblemático árbol al santuario y su sagrado contenido de las tormentas y de los animales dañinos.Este oratorio –que nos recuerda a la pequeña capilla de la Porciúncula, en la basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, inicio del movimiento franciscano-, se convierte en el punto de energía telúrico más potente de todo el santuario, con 24,500 uB, donde se rinde culto al ángel con la cruz; figura que no mide más de 50 cm (cruz incluida), y cuyo rostro está sustituido por una extraña escafandra, como si se tratase de un ser llegado de otra galaxia.
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