CAPÍTULO SEGUNDO
GRAMÁTICA — LA RESTAURACIÓN DE DA’AT
El Puente Oculto hacia el Conocimiento
I. EL MOMENTO DEL DESVELAMIENTO
El velo ha caído.
No está cayendo, no caerá pronto, no amenaza con caer: ha caído. Lo que durante siglos permaneció oculto bajo capas de artificio, normalización y repetición ha quedado expuesto. Las palabras que sostenían el orden artificial suenan ahora huecas incluso para quienes las pronuncian. Los nombres que designaban lo contrario de lo que pretendían nombrar han perdido su poder de encantamiento. La distancia entre el signo y la cosa se ha vuelto tan grotesca que ya no puede disimularse.
Este es el Apocalipsis —no como destrucción, sino como revelación—. El momento en que lo velado se desvela, en que lo oculto emerge a la superficie, en que la estructura real del mundo se hace visible detrás de las fachadas que pretendían sustituirla.
Para quien confundió la fachada con el edificio, este momento es terror. Para quien intuía que había algo más detrás, es oportunidad. Para quien comprende lo que está ocurriendo, es llamado.
En este contexto, la restauración de la Gramática no es preparación para un futuro lejano ni ejercicio académico para tiempos de calma. Es urgencia presente. Es la tarea que el momento exige. Porque cuando el viejo sistema de significados se desmorona, surge la pregunta decisiva: ¿con qué palabras nombraremos lo que emerge? ¿Con los escombros del lenguaje corrupto? ¿Con nuevas inversiones diseñadas por nuevos hechiceros? ¿O con palabras que por fin correspondan a lo real?
El puente debe reconstruirse ahora. No hay después. El desvelamiento no espera.
II. EN EL PRINCIPIO FUE EL VERBO
Antes de toda forma, antes de toda distinción, antes de que existiera algo que pudiera llamarse “mundo”, hubo un acto. No un acto físico, no un movimiento en el espacio —pues no había espacio—, sino un acto de articulación. La VOLUNTAD SUPERIOR, que en sí misma es unidad indiferenciada, se expresó. Y esa expresión es lo que las tradiciones han llamado el Verbo.
El Verbo no es palabra en el sentido humano. No es sonido ni signo ni convención. Es el principio mismo de la distinción: aquello que hace posible que algo sea reconocible como distinto de algo otro. Sin el Verbo, no hay cosmos —hay solo potencialidad sin forma, océano sin orillas, noche sin amanecer. El Verbo es la LEY haciéndose estructura. Es el momento en que el orden deja de ser principio abstracto y comienza a manifestarse como realidad distinguible.
Toda la creación es, en este sentido, un acto gramatical. Cada forma que existe ha sido “pronunciada” —distinguida, delimitada, puesta en relación con otras formas. El árbol es árbol porque ha sido separado de lo que no es árbol. La luz es luz porque ha sido distinguida de la oscuridad. El día es día porque ha sido articulado frente a la noche. Esta articulación no es posterior a las cosas: es lo que las constituye como cosas.
El ser humano, al nacer con la capacidad de nombrar, no recibe un instrumento accidental. Recibe una participación en el Verbo mismo. Cuando nombra con fidelidad —cuando su palabra corresponde con la estructura de lo real—, no está simplemente “describiendo” el mundo desde afuera. Está resonando con el acto originario que hizo posible ese mundo. Está participando, a su escala, del poder creador que sostiene la existencia.
Aquí reside la dignidad radical del lenguaje humano y, simultáneamente, la gravedad de su corrupción.
III. LA CORROBORACIÓN DE LAS TRADICIONES
Si esta verdad es universal, debe haber dejado huella en más de una tradición. Y así es. Donde quiera que seres humanos hayan buscado con sinceridad la estructura profunda de la realidad, han encontrado el mismo principio expresado en lenguajes distintos.
El Tao y la advertencia sobre el nombre
Lao Tze abre el Tao Te Ching con una advertencia que ha sido malinterpretada durante siglos:
“El Tao que puede ser nombrado no es el Tao eterno.”
Esto no es rechazo del lenguaje. No es declaración de que lo absoluto sea inaccesible. Es diagnóstico preciso del problema que este capítulo aborda: cuando el lenguaje se corrompe, cuando las palabras pierden su correspondencia con lo real, entonces lo absoluto parece innombrable —no porque lo sea en sí mismo, sino porque las herramientas de acceso han sido destruidas.
El Tao eterno puede ser reconocido. Puede ser señalado. Puede incluso, con la preparación adecuada, ser nombrado de manera que el nombre no traicione lo nombrado. Pero esto requiere un lenguaje íntegro, una gramática que no haya sido vaciada y rellenada con contenido ajeno. El Tao que “puede ser nombrado” con palabras corruptas, con signos invertidos, con términos que ya no tocan la realidad —ese no es el Tao eterno. Es un simulacro. Un ídolo lingüístico.
La advertencia de Lao Tze no cierra la puerta al conocimiento; señala la condición para atravesarla.
Confucio y la rectificación de los nombre.
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