Jesús dijo que el venia a traer fuego a la tierra y ya quisiera que estuviera ardiendo. Sí, no te extrañes, no es que Jesús venga a destruir la humanidad con un incendio sino que quiere llenarla de su Santo Espíritu. Una de las formas en que la Biblia asocia la acción del Espiritu Santo es con el fuego como sucedió en Pentecostés. Pero al mismo tiempo Jesús lanza otra frase: he venido a traer división y no paz, a enfrentar en una casa a unos con otros. Tampoco quiere Jesús desunir a la familia, sino que viene a que te decidas por él y así no seguir en la misma actitud alejada que puedan tener otros.
¿Porque el fuego del Espiritu Santo podría dividir así al hombre? ¿Por qué pondría a unos contra otros? Sencillo, veamos lo que hace el fuego y veremos los dos bandos que se forman alrededor de esa manifestación. El fuego hace tres cosas que quiero mencionar: purifica, ilumina y ahuyenta.
El fuego purifica, sabemos que el oro se prueba en el fuego, dice la Palabra. Cuando el Espiritu Santo obra en nuestra alma produce la conversión por medio de la gracia. Así, el que no quiere se aleja del fuego, el que le teme a la purificación se aleja de Dios. El ser humano en su interior es movido por sus pasiones, debilidades, pero al tiempo, la gracia de Dios lo va haciendo libre para vencerlas. Aunque cuesta, hay que doblegar la carne, fortalecer la voluntad, y mientras unos serán dóciles, otros se harán duros y por eso se alejarán. Por eso en una familia cuando uno conoce del Señor y decide cambiar, enfrenta conflicto, rechazo, por aquellos que aún no han sido purificados por el fuego del Espíritu Santo.
El fuego ilumina. En medio de la oscuridad, el fuego trae luz, en medio del desconcierto de no saber qué camino tomar, el fuego del Espiritu traza el sendero. Esto también genera confrontaciones, puede llevarte contracorriente. Mientras el mundo va para un lado, el creyente va por otro. Trata de mostrar la luz para que la sigan, pero en su oscuridad muchos no logran ver la luz que los llama a un cambio de vida, porque están enceguecidos por otras luces: la sed de poder, de tener, el éxito humano, que nadie quiere seguir el camino de Jesús, un camino estrecho que implica conquistar el reino de Dios y no el reino terrenal.
El fuego ahuyenta. El fuego aleja a quien le teme a ser quemado. El Espíritu Santo a su vez vence al mal con el que satanás se oculta y se esconde, por algo es el Espiritu de la Verdad contra el padre de la mentira. La luz del Espiritu Santo saca el error de su escondite, el error de creer en falsos dioses, falsas seguridades, falsos caminos que solo destruyen y distorsionan la verdad de Dios. Basta que empieces a caminar en la fé cristiana y ahuyentas al que cree en horóscopos, cartas, agueros, reencarnación, constelaciones, mandalas, reiki, yoga, etc. Esto pasa porque eres extraño a sus creencias y al mostrarles la verdad con tus actos y palabras, los dejas en evidencia. Esto también trae confrontaciones.
Jesús no deja indiferente a alguien y por eso esa división que no trae la falsa paz del relativismo, del principio liberal y masón de que toda verdad vale, cada quien encuentre la verdad donde quiera, no puede ser que para tan poquito haya muerto Nuestro Salvador por nosotros.
Lc 12, 49-53
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