La estación de Brno, a primera hora, vibra con un ritmo contenido. No tiene el vértigo de Praga ni la solemnidad de Budapest, pero sí una energía subterránea, como de algo que se prepara. Jóvenes con mochilas de instituto, señores con abrigos de paño, ciclistas que bajan del tren con la bici al hombro. Las vías se multiplican.
Los horarios se leen rápido. El tren a Ostrava parte puntual. Una línea que no promete paisajes espectaculares ni ciudades pintorescas, pero que en cambio ofrece otra cosa: una inmersión.
Una inmersión en la Chequia que trabaja, que recuerda, que respira a su modo. Una Chequia de provincias, sin maquillaje, donde el tren es todavía el principal puente entre la ciudad y los pueblos, entre los días laborales y las visitas familiares. Lo que comienza como un simple desplazamiento hacia el noreste, se convierte pronto en una radiografía cultural del país.
El paisaje que se ve desde la ventanilla es contenido, sobrio, verde en su modo rural, gris en su modo urbano. Pasan campos de cebada, colinas suaves, pueblos con casas de tejado rojo y jardines modestos.
Brno no necesita levantar la voz. Segunda ciudad de Chequia, capital de Moravia, centro judicial del país y sede de importantes universidades, se presenta con una elegancia discreta, sin las coreografías turísticas de Praga.
Su plaza central, rodeada de tranvías, edificios racionalistas y cafés de estudiantes, marca el ritmo de una ciudad que vive hacia adentro: hacia sus bibliotecas, sus patios, sus mercados y sus pasillos académicos.
El ambiente estudiantil le da a Brno una vitalidad contenida: nunca bulliciosa, pero siempre en movimiento. La cultura aquí no es decorado, es práctica cotidiana. El idioma suena más suave, más moravo, y la gente habla con una franqueza que sorprende.
El tren nos llevará a Ostrava. La ciudad se anuncia antes de llegar. No con monumentos ni castillos, sino con chimeneas, algunas en funcionamiento. Otras convertidas en centros culturales. El tren entra en la ciudad como quien entra a un cuerpo que aún palpita. La estación principal es grande, funcional, sin adornos. La gente se dispersa rápido. No hay turistas, no hay guías y nadie toma fotos.
Ostrava es uno de esos lugares que desafían el ideal romántico del viajero. No es bonita en el sentido clásico. Es dura, sincera, persistente. En sus calles hay mezcla de dialectos, olor a carbón húmedo, avenidas anchas sin sombra.
Caminar por Ostrava es caminar en la memoria viva del siglo XX. Las estructuras oxidadas, los hornos intactos y en medio de eso, niños jugando, bicicletas, exposiciones de arte, recitales. Como si la ciudad hubiera decidido no borrar su pasado, sino resignificarlo.
Cuando llega el momento de partir —porque siempre se parte—, uno se da cuenta de que este viaje de Brno a Ostrava no fue un viaje entre dos ciudades, sino entre dos maneras de mirar Chequia. Brno, con su ciencia, sus universidades, su arquitectura racionalista. Ostrava, con su músculo, su historia obrera, su poesía escondida entre fábricas.
El tren vuelve a moverse, ahora hacia el norte, hacia Bohumín o quizás hacia Polonia. Pero uno baja en Ostrava sabiendo algo nuevo: que hay regiones que no están hechas para ser amadas de inmediato. Hay que escucharlas, olerlas, darles tiempo. Y cuando finalmente se abren, dejan una huella que no se borra.
#abretuventanaalmundo #ViajarEsHipervivir
🌎 Subtítulos en portugués, italiano, alemán, francés, ruso e inglés.
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
Todo el material que aparece en @daceygustavo © ("contenido") está protegido por derechos de autor.
ALL RIGHTS RESERVED
All material appearing on the channel @daceygustavo © ("content") is protected by copyright.
👇👇👇 COMENTA Y OPINA
Информация по комментариям в разработке