No todos los viajes comienzan en una estación. Algunos empiezan en un puente. Como el que cruza el Danubio desde Komárno, en Eslovaquia, hacia Komárom, en Hungría. Un cruce que no solo cambia el idioma de los carteles, sino también el ritmo de la percepción.
La transición es silenciosa, sin controles evidentes ni agitación. Se pasa de una ciudad con pasado austrohúngaro marcado por la nostalgia, a otra que se abre como una puerta discreta a la llanura húngara.
Desde Komárom, el tren hacia Győr avanza entre campos abiertos, casas bajas y estaciones mínimas. El paisaje es plano, casi meditativo. En verano, los girasoles giran la cabeza hacia el sol como si estuvieran siguiendo el tren.
Es una región donde todo parece ordenado sin esfuerzo: caminos paralelos a las vías, árboles alineados, pueblos donde cada jardín parece cuidado por la misma mano. A bordo, el murmullo suave del vagón acompaña esta estética de lo calmo.
Győr, primera gran parada del viaje, es una ciudad que siempre sorprende por su equilibrio entre historia y pulso moderno. Es elegante sin ostentación, viva sin prisa.
En la estación central bajan estudiantes, señoras con sombreros de paja, familias con bolsos de tela. Afuera, las calles peatonales del centro histórico, sus fachadas barrocas, los cafés junto al río Rába, invitan a un alto. Pero este viaje no se detiene allí.
Desde Győr, el tren vuelve a internarse en la provincia, dejando atrás la ciudad para descender suavemente hacia las colinas del Transdanubio.
El trayecto hacia Veszprém es un lento descubrimiento del interior húngaro. El tren zigzaguea entre pueblos de nombre corto y resonancia antigua: Zirc, Herend, Eplény.
Cada estación parece una acuarela. No hay multitudes, apenas un par de viajeros que suben o bajan, como si la vida aquí estuviera compuesta de interrupciones breves y necesarias. En las ventanas se suceden los tejados rojos, las torres de iglesias, los huertos domésticos.
Uno de los encantos inesperados de este tramo es la sensación de cercanía con el paisaje. A menudo, las vías corren tan próximas a los campos que se ven los surcos de la tierra, los caballos pastando, las bicicletas apoyadas en los graneros. Aquí Hungría se revela no como una postal, sino como una textura: la madera, el polvo, el ladrillo, la hiedra.
Antes de llegar a Veszprém, el tren atraviesa las colinas del Bakony, una región donde el verde sube y baja con suavidad, salpicado por pequeñas aldeas que parecen recortes de otra época.
A lo lejos, cuando el día está claro, se intuye la presencia del lago Balaton, aunque no se lo vea directamente. Es una presencia fantasma, húmeda, que anticipa el descanso.
Veszprém aparece de pronto, al borde de una loma, con su castillo encaramado sobre un barranco y una historia que se extiende por más de mil años. Pero lo que marca la llegada no es un monumento, sino el ritmo del tren que comienza a desacelerar. Ese gesto mecánico, casi imperceptible, señala que el viaje ha llegado a destino.
Sin embargo, uno no recuerda solo los puntos de partida y llegada. Lo que queda en la memoria es la curva junto a los álamos, la estación con una sola banca de madera, la mujer que tejía en silencio durante todo el trayecto. Porque en Hungría —como en tantos otros rincones de Europa Central— el tren no solo conecta ciudades: conecta tiempos.
Y en ese viaje entre Komárom y Veszprém, uno descubre que la belleza no está en lo espectacular, sino en lo que sucede mientras parece no estar pasando nada.
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