Mi papá me contó que encontró chats de mi mamá con otro hombre, me dijo que guardara el secreto y desde entonces lo veo destrozado. No entiendo, los hombres deberían dar por hecho que sus mujeres van a estar con otros hombres, no podemos quedarnos encerradas. ¿Debería contarle a mi mamá?
Lo peor no fue ver a mi papá llorando, fue ver cómo su orgullo se le derritió en la cara como si alguien le hubiera apagado el sistema. Tenía los ojos rojos, la camisa arrugada, y esa forma de respirar que solo he visto en videos de ataques de pánico. Yo estaba parada frente a su escritorio, sintiendo que me estaban obligando a participar en una obra vieja y aburrida que ya nadie debería estar actuando, y aun así él juraba que era “real”. Ese día entendí que me iba a tocar ser la única persona con el valor de mirar la verdad sin ese filtro de drama que a los hombres les encanta. Mis padres, Ricardo y Beatriz, siempre se vendieron como una familia de catálogo, de esas que sonríen con dientes perfectos en fotos de Navidad y parecen sacadas de un anuncio de seguros. Veinticinco años casados, dos carros, cenas de domingo, y la rutina como religión. A mí me criaron dentro de ese guion donde todo se llama “compromiso” aunque sea una jaula con moño, y yo lo acepté porque era lo que había. De niña pensé que así era la vida adulta: fingir estabilidad y callarse las ganas. Con el tiempo empecé a notar que esa perfección era más una fachada que una elección real. Mi papá siempre se presentó como el hombre correcto, el que paga, el que resuelve, el que “cuida” y entonces cree que eso le da derecho sobre el resto. No era violento, no era un monstruo obvio, y justamente por eso era peligroso, porque ese tipo de control viene envuelto en modales. Todo en la casa giraba alrededor de su orden y su idea de “lo que se debe”. Si Beatriz decía que quería hacer algo distinto, él lo convertía en una discusión práctica, de horarios, de dinero, de “para qué”, hasta cansarla. Yo crecí viendo a mi madre cediendo sin que nadie lo llamara rendición. Beatriz, en cambio, siempre fue impecable por fuera y silenciosa por dentro, como si su vida real estuviera guardada en un cajón que no se abría en público. Iba al gimnasio, cuidaba la casa, sonreía a las visitas, y con eso sostenía la imagen perfecta de “buena esposa” sin que nadie le preguntara qué quería.
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